El domingo es día de paseo. Mi mujer y yo nos acercamos a la residencia de ancianos donde está mi madre, a cinco minutos de casa, y la sacamos a pasear. Empujando la silla de ruedas paseo yo también, y hoy he descubierto un atajo por el cual se hace menos fatigoso sortear bocacalles, hoyos, bordillos y los mil y un infernales obstáculos con que se encuentran las personas que caminan sobre ruedas. Uno piensa que si ya es complicado para los que empujamos la silla de otro, qué será para quienes ruedan solos y valiéndose del empuje de sus brazos.
Bajamos lentamente desde la vía del tren en busca del paseo marítimo, para ver las olas y el ir y venir de los domingueros que se acercan a Sitges con cara de esperar ver algo sorprendente, qué cosas, a estas alturas, cuando todo es ya tan normalito aquí que el fin de semana pasado tuvo lugar el encuentro fundacional de la asociación de policías gays. Según estos obispos nuestros --más politicastros zorrunos que pastores del pueblo de Dios, y hago excepción del obispo Lluís Martínez Sistach, cuya carta dominical no me pierdo nunca-- los españoles vivimos en una obsesión sexual permanente, pero si uno se acerca por los alrededores del mercado a media mañana se encontrará con enternecedoras parejitas de señores cincuentones que examinan al alimón la calidad de la oferta de las fruterías. Por lo que respecta al mundo gay, la familia, la tradición y la propiedad están salvadas por siglos. Primero, matrimonio, y ahora, las fuerzas del orden. ¿Qué más se puede pedir?
La silla de ruedas de mi madre es marca Lifante, como el gran actor, y gracias a la habilidad de mi mujer sortea niños, skateboards, perros, bicicletas, cagarros y niñatas despistadas. Los domingos por la tarde, el centro de Sitges se parece a la calle Pelayo de Barcelona en los años 60, cuando los catetos se arremolinaban en ella, acera lado mar arriba, acera lado mar abajo, mirando escaparates y el último emporio de las nuevas tecnologías de la comunicación de la época: la Escuela Radio Maymó, un centro educativo del que salías convertido en un flamante técnico capaz de construir y reparar receptores superheterodinos con los que sintonizar La comarca nos visita, con Pep de Cal Gros de día, y la BBC, con Jorge Marín, de noche. En la calle Parellades de hoy, el nombre de cualquier gran radiofonista catalán de los que han hecho historia no diría nada a nadie. Ni en ninguna otra calle. A lo mejor por suerte; que los muertos entierren a sus muertos, y que la niñatada de hoy disfrute de vivir en el país más desmadrado del mundo, que ya vendrá lo que vendrá y lo que tenga que venir. Hay un chavalote grande y gordo que aún no tendrá 18 años y lleva una barbita recortada a lo Lincoln, una gorra rosa con la visera patrás y una camiseta igualmente rosada; parece Willy, el amigo de la abeja Maya, y hace juego con la carcasa de mi teléfono móvil estilo Supernenas.
A mi madre le gusta ver el paisaje humano, los escaparates y el bullicio que pasa. Se deja llevar en silencio y lo mira todo, sin abrir boca. Yo preferiría caminar al lado del mar, en soledad, escuchando el rumor del oleaje y dejando que el horizonte me exima de la obligación de mirar aquí o allá. Pero sé que este paseo semanal es su alimento espiritual, y que hay momentos en que la vida en todo su esplendor consiste en que el aire y el sol te den en la cara mientras alguien que te quiere empuja tu silla de ruedas. Mi amiga Núria Leonelli me hizo, el otro día, la pregunta del millón de dólares: ¿eres feliz? Yo titubeé antes de responder, como todo el mundo. Me lo decía porque, según ella, analizo a fondo las cosas y llego a conclusiones clarividentes, yo, que soy carne de Ópticas Morató desde m más tierna infancia (mis amigos dicen que en vez de llevar gafas debería llevar escafandra). Luego le dije que era feliz a ratos, como cualquiera, y se me puso cara de tonto. Uno no puede ser brillante ante cuestiones como la felicidad, porque la felicidad no existe. Lo que hay es un rayo de sol que te da en la cara cuando andas inválido en una silla de ruedas y tu hijo te pasea abriéndose paso en la hora de emisión del Carrusel Deportivo.
Cerca de la estátua del Greco, una pareja baila tangos al son de un radiocasete, con un sombrero boca arriba para recoger los óbolos de los paseantes. Mi madre observa que el tango que bailan es muy florido, de exhibición, mientras que el que se bailaba en Barcelona cuando ella era joven y el tango era el equivalente del rock era como más comedido. Viendo bailar a la pareja danzante pasan por mi memoria en un vertiginoso flash tantos amigos argentinos que me han hecho ver y conocer tantas cosas, esa gente magnífica, inteligente, brillante y emprendedora que abre chorros de luz por donde pasa (el otro día me descojonaba a risotadas leyendo el blog de Hernán Casciari).
Yo no puedo ser argentino porque no como carne y no sé bailar tango, pero en mi panteón particular, Aníbal Troylo y Astor Piazzola ocupan sitiales de honor. Y escuchando el bandoneón cuyo intérprete no puedo identificar, y viendo bailar a los improvisados tangueros de la ribera sitgetana, le puedo responder a Núria: soy feliz porque hoy he podido sacar a mi madre a pasear hasta la playa y juntos hemos visto bailar un tango. Y es que el zen tiene que ser aburrido para que la iluminación pueda, un día, obsequiarnos un satori. Cuando uno anda ocupado en perseguir la felicidad no puede emplearse en empujar, con cuidado, una silla de ruedas marca Lifante sorteando mariquitas.





Se admite la crítica a los cristianos: lo que hacemos podríamos hacerlo mucho mejor. Pero en una sociedad gregaria y cerrada a la razón vale más soportar reproches por hacer que por dejar de hacer. Prefiero el yerro osado a la indiferencia indolente. ¿Y tú?
Publicado por: irichc | 08/05/06 en 22:10
Este blog es un lugar amigable. Por tanto, puedes sugerir directamente que visitemos el tuyo, con sólo pedirlo. Usar este subterfugio es, como mínimo, inelegante. Más adherido como comentario a un texto que tiene por objeto el sufrimiento de mi madre, víctima de un ictus. Poca caridad cristiana esto, amigo.
Publicado por: Gabriel Jaraba | 09/05/06 en 15:39