Los comentarios en mi anterior post sobre Luciano Pavarotti
me animan a seguir escribiendo sobre el tema, para reflexionar por escrito
sobre algo que puede parecer extraño: aficionado como soy a la música, de todos
los estilos, siento una repulsión visceral por la ópera (aunque hay algunos
pasajes musicales, sobre todo de Wagner, que me interesan). Las
representaciones operísticas me parecen invariablemente ridículas, y lo que
muchísima gente considera un punto culminante de la cultura, un intento
fallido. No es que piense que la ópera esté pasada de moda; ahí están
tantísimas personas alimentando sus circuitos comerciales, tan pujantes, por lo
menos, como los del rock –y con un número no menor de mafiosos moviendo el
negocio—sino que creo que está suplantando a un posible “arte total” que un día
el entusiasmo de la modernidad quiso buscar.
El arte total que la camerata florentina pretendió emprender
es hoy el cine; no hay más vuelta de hoja. Queda por ver si lo seguirá siendo,
dado el extravío de la industria norteamericana actual. La ópera se ha quedado
meramente en música, y como hecho musical es tratada. No creo que nadie pueda
considerar críticamente con seriedad la ópera como representación teatral, ya
que lo que vemos en escena no son actores sino cantantes. Si aspirasen a serlo,
con sus modos, serían la rechifla del colectivo interpretativo mundial. Los
libretos y argumentos son historietas que mezclan el cómic y la fotonovela:
héroes, tragedias y amores frustrados. La escenografía es mera decoración, y
más vacua aparece cuando el metteur en scéne aspira a “revolucionarla”; esos
profetas con cabezas cortadas, chulos y violadores, tazas de váter y otras
estampas no aspiran más que a épater le bourgeois y a hacerse un hueco en un
negocio de fieras, donde lo que impera es el culto al gigantismo circense,
aunque sea a nivel de registro vocal. Ya se sabe que la naturaleza imita al
arte, pero es inquietante ver cómo ciertas divas de la vida real se empeñan
tanto en parecerse a la Castafiore imaginada por Hergé.
La ópera no ha resultado ser arte total pero ha conseguido
ser otra cosa, no menos importante: la culminación del espíritu del pop. Cuando
los Beatles y los Who pretendían crear algo que fuera más que una serie de
canciones independientes una de otra estaban buscando, sin saberlo, algo muy
parecido a la ópera.
Tommy fue calificada, justamente, como ópera rock, y por eso
hubo de ser representada en el cine por dos personajes como Elton John y Tina
Turner, reencarnaciones de cierto espíritu del divo musical. El kitsch del
atrezzo de Elton es un kitsch perfectamente canónico en ese sentido; las
minifaldas de la casi heptagenaria Tina, también. No por casualidad lo de Montserrat Caballé y Freddy Mercury fue
amor a primera vista; el rock más espectacular ha buscado en escena el
espectáculo total, luces, humo, efectos y vatios, emoción colectiva y
catártica, exceso romántico y temáticas inanes. La fidelidad y vehemencia de
los fans del heavy metal son, en su ingenuidad y entusiasmo, enormemente
semejantes a las de los fans de la ópera; aquéllos se extasian ante un riff de
guitarra efectista, altisonante y vacuo y estos se conmueven con el
“sentimiento” con que son cantadas las arias.
El éxito de los tres tenores fue la consecuencia natural de
todo eso. Todos ellos enseñaron el plumero: sus gustos en música pop moderna se
sitúan en lo más retrógrado de la época pre rock de los 50. Cuando a alguien
con la formación musical de Plácido Domingo le gustan las canciones que le
gustan, o bien algo falla o bien alguien está timando a alguien. Cuando un
guitarrista de blues y compositor como Keith Richards dice y hace las tonterías
que dice y hace en público se nos muestra el verdadero alcance de la música que
representa. Digámoslo claro: la letra de Imagine, de John Lennon, considerada
un himno generacional progresista, es la más compacta trabazón de lugares
comunes, superficialidades y conceptos grandilocuentes expresados acríticamente
mejor conseguidas en las últimas décadas, a excepción quizás de la obra de
Giovanni Sartori y José Saramago.
La ópera, que quiso ser un testimonio completo del espíritu
de un tiempo –Verdi lo tuvo muy claro—se quedó en música pop; las corrientes
musicales “serias” fueron por otros caminos hasta llegar a los callejones sin
salida de la atonalidad y la
dodecafonía. El gigantismo pop rock ha acabado por estallar,
y con él, su industria; la música popular urbana de hoy se ha segmentado al
máximo y mientras sus diversas ramas buscan conexiones con lo popular de otras
culturas o en los caminos abiertos por las tecnologías, en su mayor parte
regresa al punto de partida previo al rock: los beatniks, ¿recuerdan? La
Castafiore de hoy es Mick Jagger, y la música popular va por otro lado. Bruce
Springsteen, que es listo, lo ha entendido y ha corrido a refugiarse bajo las
frondosas ramas de Pete Seeger y Woody Guthrie.
Falta, sin embargo, una clave de bóveda para comprender por
qué la ópera subsiste como industria y como hecho cultural (que lo es, con
todas sus consecuencias y sin dejar aparte esas cualidades que observo en
ella). Y es la siguiente: en el camino de la modernidad hacia ninguna parte, la
Cultura ha sustituído a la
Religión. La cultura es la religión del estado moderno, y a
ella se trasladan funciones, ritos y oficios que otrora correspondían a lo
sacro. Empezando por la atribución de cualidades redentoras, hecho desmentido
por el gran número de melómanos que poblaban las filas de los jefes de los
campos de exterminio nazis. No fue Stalin o Hitler quienes lo entendieron
mejor, sino De Gaulle: la cultura es la religión oficial de la república
francesa, pues el viejo general tuvo una intuición genial. La cultura iba a ser
la diplomacia paralela, en toda la regla, de ese país. Mientras con una mano
Francia promueve el tráfico de ideas, argumentos, corrientes culturales, con
otra mantiene una potencia nuclear impresionante y una capacidad de
intervención militar y económica en Africa no menos sensacional; consigue
culpar al todopoderoso imperio americano de los males globales sin que ningún
ciudadano progresista ponga en cuestión su contundente poder militar nuclear. La incesante producción de pseudoideas a cargo de Ignacio Ramonet no puede entenderse si se hace abstracción de su función de maniobra de distracción.
Otro día comentaré otra cuestión no menos jugosa, la razón de ser del llamado arte moderno:
la creación de un sistema monetario paralelo, a cargo de las élites
plutocráticas a partir de los cracks bolsísticos de los años 20, en el que la
producción de cuadros y esculturas cumple la función de acuñación de moneda y los grandes museos, la de los bancos (Véase como unos y otros tienden a presentarse de modo que, también, recuerda a los templos. Cuando Zapatero se reúne con Botín manda el mensaje de que cuenta con la aprobación del Papa de la religión del dinero. Las señoras de los sumos sacerdotes de la religión del dinero se dedican al arte y convocan concursos de interpretación musical). La ópera sirve para que la sociedad se crea reflejada en un mundo "moderno" de sentimientos, heroísmo y sacrificio, donde aún es posible el "gran arte" liberador, que ya no existe más si es que alguna vez fue. Bertolt Brecht y Kurt Weill entendieron bien eso, pero no pudieron revertirlo. Aunque Mahagonny sigue inquietando.
Caram, caram, Gabriel, hoy tienes el dia. Lo de la Castafiore actual, buenísimo. Y lo de las pseudoideas del Sr. Ramonet... bueno... Este post no tiene desperdicio. ¿Te imaginas una ópera cantada por aquel Dodó Escolà que citabas el otro dia? Impecable.
Publicado por: pep | 14/09/07 en 0:51