Hace tiempo que le sigo la pista a David Rothenberg, músico, filósofo y científico que estudia el canto de los pájaros y de las ballenas jorobadas. Rothenberg toma uno de sus saxos y se embarca en una nave equipada con micrófonos y altavoces submarinos, para unir su toque al canto de las ballenas, o se presenta ante un vivario de pájaros y, con su clarinete, atrae a una ave silvestre con la que, poco a poco, acompasan sus respectivas escalas (verlo en el vídeo del encabezamiento. Ahora ha publicado un ensayo titulado ¿Por qué cantan los pájaros
Leo sus declaraciones en La contra de La Vanguardia y, de su mano, vuelvo a sumergirme en ese mundo natural lleno de vida, que permanece oculto a la mirada superficial, y recuerdo la antigua aspiración de los buscadores espirituales: comprender el lenguaje de los pájaros para aprender de él a leer el Libro de la Vida. David dice de lo que él hace que "en cierto plano nos comunicamos. No sé traducir qué dicen, pero hay una comunicación. Un tordo sonriente de cresta blanca y yo hemos culminado espléndidos duetos". ¡Un tordo sonriente! Si yo fuera un tordo, querría tener un amigo que me llamase así.
Rothenberg hace una aproximación sensitiva y racional al mismo tiempo al mundo del canto animal, aunque me da en la nariz que su búsqueda va más allá, dirigida al corazón mismo de la exsitencia. "Los pájaros cantan porque su naturaleza es cantar, del mismo modo que los humanos hacemos música. Las explicaciones estrictamente utilitaristas se me antojan pobres", le dice al entrvistador, mi amigo Víctor M. Amela, tipo inteligente y buen compañero. "La ciencia busca siempre la función de cada aspecto, su peso evolutivo, pero no suele sopesar el gusto por la belleza misma. Y este factor debería estudiarse un poco más, porque seguro que interviene en el proceso evolutivo de la vida".
Me entero de cosas maravillosas: "La curruca europea de las marismas migra anualmente desde del norte de Europa hasta África. Allí, escucha y aprende cantos de pájaros de especies africanas, los memoriza, y de vuelta a Europa, ¡los repite! (...) ¿Cuál es su función evolutiva? Misterio. Es un canto que habla de un placer musical íntimo, cantos complejos que segregan dopamina en el cerebro del pájaro, sensación adictiva", pero unos cantos que "son composicione sofisticadas".
Para el ornitomúsico, el sentido de todo esto es contundente: "Un sentido profundo de unidad de lo viviente. La evolución de la vida tiene banda sonora. Hay un principio de orden y forma, de ritmo y vibración... Hay belleza."
La perspectiva de Rothenberg, más que inspirarme, me excita. Me trae, a mis oídos y frente a mis ojos, el testimonio de un universo en lo que lo axial es lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello, un universo que es Kosmos: belleza ordenada, comprensible y comunicable. Mira otra vez al pajarote del vídeo y se me va la olla.








La evolución de la música ante los sonidos animales ha ido de la imitación (Vivaldi, Saint-Saëns) a la inclusión de fragmentos de cantos en las piezas orquestales (como en "Pinos de Roma" de Respighi), hasta la época actual en que hay una fusión integral, prácticamente sin distinción entre el sonido natural y el orquestral, sino que ambos se combinan en un todo orgánico. Recomiendo en este sentido obras como "Y Dios creó las grandes ballenas" del armenio-americano Alan Hovhaness (como el nombre indica, con sonidos de cetáceos), o el "Cantus Articus" (con cantos de pájaros del Círculo Polar) del finlandés E. Rautavaara.
En el ámbito de la música New Age, un intento bienintencionado pero bastante ingenuo e imperfecto fue el de Paul Winter y su "Missa Gaia".
Publicado por: Jaume | 05/12/08 en 15:56