Hasta ahora, cuando alguien decía "calcetines" automáticamente pensaba en Socks, el primer gato estadounidense, que habitó la Casa Blanca durante la magistratura de Bill Clinton. Como felinófilo de pro que soy trato de estar siempre al corriente de la actualidad gatuna, comenzando por la primera institución de este género: el gato oficial que habita el 10 de Downing Street, residencia del primer ministro del Reino Unido. Sépase, pues, que después de la muerte de Humphrey, que dejó huérfano el gubernamental hogar durante varios años, Gordon Brown disfruta de la compañía de Sybil, una maravillosa gata blanca y negra.
Pero ahora, cuando escucho la palabra, no puedo dejar de pensar en los calcetines blancos que exhibió Esperanza Aguirre a su llegada a España procedente de la matanza de Bombay. Los que alguna vez criticaron la aparición de Socks en las secciones de sociedad de los periódicos cuando su dueño aún no había sido torpedeado por una felatriz teledirigida, ¿qué pensarán de la noticiabilidad de la fotografía?
Quienes acusan a internet y a los blogs de fomentar la superficialidad informativa harían bien en mirar hacia otro lugar para encontrarla: en las mesas de los redactores jefes que se rinden al newsmaking más descarado. La construcción de la imagen de una Aguirre redentora que en el momento adecuado pueda sobrepasar a Rajoy para "salvar a España" cuenta, como toda operación de comunicación política, con buenos spin doctors. La culpa no es de ellos, sino de los periodistas memos que consideran portada un acto de propaganda un tanto chusco, cuando de lo que se debe de informar es de una noticia inédita: la transformación de los ataques jihadistas, otrora en clave terrorista civil, en ataques planificados y ejecutados con acciones, tácticas y armamento militares.





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