El gran Oscar Wilde lo sentenció gracias a su clarividencia: "La naturaleza imita al arte". Aquí en Catalunya la vida política y social se parece cada vez más a Polònia, el programa satírico de actualidad política que emite la tele en la que trabajo. Hay gente que se pregunta el porqué de esa peculiaridad, cuando está bien claro: han perdido la vergüenza. Ahí está el subsecretario de Interior dando la culpa a los ayuntamientos de los desastres del vendaval que la semana pasada sufrimos, después de haber sido incapaz de organizar un sistema de prevención mínimanente presentable, como en Euskadi. Iba yo pensando en ello esta mañana cuando iba a trabajar, circulando a las 8.30 por una autopista de tres carriles, cuyo peaje cuesta cinco boniatos, a 40 km por hora, a raíz de una norma de limitación variable de velocidad urdida por los mismos tipos, que se pretende a beneficio de ladlucha contra la ontaminación del aire y de la seguridad en la carretera, cuando la disminución de la primera y el aumento de la segunda tienen una misma causa: el descenso del tráfico motivado por la crisis económica. Ver lo que queda de mi antiguo partido reducido a cosas como esta le pone a uno melancólico primero y de mucha mala bají después.
Quizás los pueblos no tienen los dirigentes que se merecen, pero es probable que las colectividades no puedan hacer otra cosa que producir lo que producen, es decir, que no hay que pedir peras al olmo. La dialéctica naturaleza-arte observada por el mártir de Reading es más compleja de lo que parece y en absoluto una boutade. Lo que llamamos civilización discurre por la cesura abierta entre natura y cultura, y en ese tránsito halla igualmente abierto camino la estupidez. Es curioso ver cómo historiadores, antropólogos, científicos sociales, operan con todo tipo de variables y atienden a los aspectos más minuciosos de la vida social y no cuentan, sin embargo, con un factor a menudo determinante: la estupidez humana. Será que la mentalidad ilustrada, el espíritu enciclopedista y el método científico son rotundamente apolíneos y, en su deseo de producir conocimiento a beneficio de una vida humana mejor, se hallen huérfanos del abordaje metódico de la estupidez como característica singular del bicho humano. La fatal distinción entre animales racionales e irracionales, que hasta hace poco nos ha impedido entender las verdaderas dimensiones de la vida no humana --y de la extraordinaria proximidad de esta con la vida humana-- podría ser el origen: si es racional no es estúpido. Falaz conclusión, pues la estupidez radica precisamente en la piedra de toque de la racionalidad humana: el deseo de tener razón.
Un episodio reciente me ha hecho ver que la estupidez es ampliamente compartida por dirigentes y dirigidos en nuestras sociedades. Un ganadero del Pirineo ha sido obligado a ensordecer los cencerros de las yeguas de su rebaño porque unos veraneantes en el pueblo se quejaban del ruido. Parece ser, además, que menudean en esas zonas agrícolas con residentes citadinos quejas diversas por el olor del abono del campo. Los educadores denuncian que los niños creen que los bistecs nacen en las neveras y los pollos se crían empaquetados, cuando lo que sucede es que sus propios padres piensan, como Max Jacob, que "el campo es ese horrible lugar donde los pollos andan crudos" y descubren que, sí, la mierda de la montaña huele mal.
Este fin de semana, un grupo de campesinos jóvenes de Camprodon han organizado una manifestación a cencerrazo limpio en pro de que les dejen en paz y del derecho a vivir como siempre han vivido. Me ha parecido todo un "signo de los tiempos", pero les auguro, ay, calendas peores. Esta semana se supo, gracias a una agente de la policía local de mi pueblo, que una señora llamó una noche al cuartelillo quejándose de que el mar hacía ruido.
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