El éxito mundial de Susan Boyle --30 millones de personas han visto el clip con su actuación en Britain's got talent que la ha lanzado a la fama-- se basa en una narración de hierro, una minipelícula de 7 minutos que encierra algunos de los más potentes mitos sobre los que pivota el inconsciente colectivo. Uno de ellos es el del patito feo, pero hay más: David y Goliat, por ejemplo. El productor Simon Cowell se ha revelado como un genial intuitivo de los signos de los tiempos, pues la historia de Susan Boyle es el mito doméstico que ajusta perfectamente en estos tiempos de crisis económica global: por encima del destino y del infortunio, la bondad interior vence a quienes te desprecian y te fastidian la vida; tu momento está siempre ahí, esperándote, y en algún momento surge; la gente sencilla tiene mucho que decir ante quienes lo tienen todo; ahora que los fastos del delirio consumista se revelan como cenizas --David Beckham, su posh, la cirugía estética, la pseudobelleza acartonada y la pasta a chorros-- resurge el aprecio de la belleza interior como refugio y reivindicación de los que nada tienen.
El negocio del espectáculo se convierte en la palestra principal donde se escenifica el mito oportuno en el momento justo, sobre todo en las épocas de crisis económica. Horace McCoy narró magistralmente el último recurso de los jóvenes hambrientos en la Gran Depresión, cuando competían en los concursos de baile con premio en metálico (la versión cinematográfica de ¿Acaso no matan a los caballos? fue estrenada en España como Danzad, danzad, malditos) recurriendo a un relato dramático negro y angustioso. Pero los públicos actuales, en mitad del proceso de remezcla de las tres pantallas (televisor, ordenador y teléfono móvil) no compran historias deprimentes o de "no future" (el punk es una reliquia antediluviana) pues, siguiendo la sabiduría popular, no quieren añadir más miseria a la miseria (esto es algo que los intelectuales críticos de las clases medias son incapaces de entender). Hace sólo cuatro días que las clases populares del Reino Unido vivieron como ordalía colectiva los días finales de Jade Goody, la estrella del Gran Hermano inglés que murió de cáncer dejando dos huérfanos; fue una catarsis colectiva semejante a la del funeral de Lady Di con una narración muy clara: hasta la más inculta y basta persona marginal puede redimirse haciendo gala de su virtud interior, en este caso, mantener el temple ante la inminencia de la muerte y retar a la opinión pública con valentía al vender a los medios su fatídica cuenta atrás para ganar dinero con el que asegurar el futuro de sus hijos. El arrojo final de Jade Goody ha sido leído en clave de heroína de la clase obrera, y a quien le parezca grotesco o inconveniente sólo tiene que recordar que el Vaticano proyectó del mismo modo sobre las masas los últimos tiempos de vida de Juan Pablo II, sin disimular su decadencia física, con la misma intención ejemplarizante, en este caso, poner ante los ojos de la gente los temidos fantasmas de la decadencia, la incapacidad, el sufrimiento y la vejez para que no volvieran la vista ante estas realidades de la vida.
Después del caso de Jade Goody, la narración tenía que cambiar de registro. Consumada la catarsis, tocaba el turno a la epopeya, una epopeya doméstica, pequeñita, de bolsillo, apta para la telefonía móvil y You Tube. Es probable que estas epopeyas no funcionen en los países mediterráneos de tradición católica, cínicos por tanto, a causa de la necesidad de mentir y disimular para sobrevivir en un entorno marcado por la(s) inquisición(es). Téngase en cuenta que la famosa expresividad de los sentimientos propia de los países latinos no implica sinceridad, por lo menos en la relación, por más que sea auténtica, y que aquí en Cataluña no es de buen tono expresar admiración por nadie, declarar las propias ideas más allá de tópicos compartidos en grupo o reconocer el valor de las historias de vida positivas, a menos que cumplan con ciertos parámetros vinculados a los registros sentimentales nacionales, basados en la conmiseración. Pero en otros lugares --allá donde Salvador Espriu decía que hay gente desvelada, culta y... feliz, palabra maldita en mi nación, donde se considera obsceno reconocerla, proponerla u ostentarla-- la exhibición sincera de los propios méritos es conveniente y ejemplar. El lema que arropa a Susan Boyle es un refrán: "No hay que juzgar a un libro por su cubierta". Nos hallamos en el sector de la vieja sabiduría popular imbricado en el poder del mito de la reivindicación final del débil frente al poderoso, arraigado en las Bienaventuranzas pronunciadas en el Sermón de la Montaña por Jesucristo.
Cree la superstición que estas historias son proyectadas al público por los medios de comunicación en clave de montaje o manipulación. Ello es consecuencia de los errores repetidamente cometidos por muchos científicos de la comunicación, sobre todo la escuela de Frankfurt, cuyo elitismo cultural les impedía comprender la complejidad de los nuevos escenarios comunicacionales y de la cultura de masas. Es falso que la gente consuma lo que alguien decide darle: ese algo debe coincidir con sus gustos, sus intereses y sus necesidades en el momento de recurrir a la comunicación como recurso de (super)vivencia colectiva, y teniendo muy en cuenta que el principal recurso en este sentido es el entretenimiento. Quienes trabajamos en televisión pensamos que ojalá existiera esa palanca mágica que hace funcional el chorro de alimentos que va a parar directamente a las bocas de los espectadores-polluelos. El espectador tiene espolones, y cuando parece tonto es simplemente que se lo hace para que no le compliquen la vida.
Hay, por supuesto, en el caso Susan Boyle, un casting magnífico. Pero un casting se limita a encontrar encuentra lo que ya existe, y ningún casting puede crear de la nada un material a medida de la exigencia requerida. Y Susan Boyle es auténtica. Hay, por supuesto, escenificación deliberada del cambio de actitud del jurado del concurso antes y durante la actuación, pero los gestos de desagrado del público asistente ante la aparición de Susan en escena son reales. No es manipulación sino narración, consistente en saber qué está pasando, qué significa y qué implica su comunicación. Olvidamos que todo es narración, y que no sólo todo comunica sino que todo narra. Y que la narración de ficción es lo más eficaz para explicar lo real. Y lo real aquí es la luz interior de Susan Boyle, que la sofisticación de la narración y su aparente naturalidad, como recursos imprescindibles, no hacen más que poner de manifiesto. Lo mismo que hizo Richard Lester con los Beatles en Qué noche la de aquel día, ¿recuerdan?
El riesgo es la ambigüedad que reside en la demanda de autenticidad en la comunicación masiva; véase el triunfo del porno casero via internet frente al manufacturado via DVD. La narración disimulada que aspira a ser no-narración encierra un peligroso potencial que hay que analizar aparte.





Complejo mundo el de los medios de comunicación y de la imagen, ese caso nos lleva a otros, también aparentemente inexplicables, como por ejemplo al éxito publicitario de aquel señor tan soso que decía 'compre, compare...'.
Creo que nadie duda de la autenticidad de la señora sinó de la del jurado que hace lo que en català llamamos 'el paperot' mostrándose sorprendido y emocionado cuando sabemos, más o menos, que se hacen cástings para todo, a muchos niveles, y que 'ya se sabía' como era la concursante. Sin embargo, incluso la concursante hace dudar... en los primeros tiempos de La Cubana recuerdo que se creía que eran 'autènticos' hasta que se vio que eran actores y actrices. Algo de 'cubana primigenia' -luego la compañía perdió brillo- tiene esa señora. Nos han engañado tantas veces!!!
Mucho de barroco tiene nuestro tiempo, en qué 'casi' todo es apariencia, así pues, no es extraño que se dude por principio. Sobre el público, no sé, también he asistido a algunos programas -infantiles, por cierto- donde nos ordenaban reir, aplaudir, gritar. Vaya, que he perdido la fe y ya no sé como recuperarla...
Sin embargo, si tu dices que hay algo de verdad, que conoces el mundillo más de cerca... Una duda hasta de que duda.
Publicado por: júlia | 25/04/09 en 22:42