Igual que existe la tormenta perfecta, también se da la noticia perfecta. Ambas son el fruto de una confluencia de circunstancias excepcional, el raro resultado de una conjunción de factores que muestran que lo que llamamos mundo es un sistema muy sofisticado que se expresa en clave de totalidad. Pero si la tormenta perfecta reta a las naves a superar el non plus ultra de la navegación, el desafío que representa la noticia perfecta no es menos inquietante, pues implica a la mente. La mente individual y la mente colectiva.
La noticia perfecta de estos días es la pandemia de la gripe porcina. ¿Qué otra cosa sino podría casar mejor con el bajo contínuo argumental de la crisis global? La mente colectiva impulsa a la mente individual a completar el puzzle de la miseria: miseria económica y productiva, miseria ecológica, miseria física. A decadencia económica, decadencia corporal: fiebre, vómitos, diarrea y muerte. Es decir, el viejo y conocido relato de La Peste.
Nunca me canso de repetir, para escándalo de quienes se han formado en un "espíritu crítico", que los medios de comunicación no se conjuran para "manipular" a la gente por más que existan grandes corporaciones que lo pretendan. Es más sencillo que todo eso: basta con decirle a la gente lo que desea escuchar. Y esta es la canción que deseábamos bailar ahora, la canción de la Expansión de la Miseria. Esto no es tan revelador de los medios de información como de nosotros mismos.
El virus Ébola, ¿recuerdan? Incluso se hizo alguna película de cierto éxito. La fiebre del pollo, bah, ya la hemos olvidado. El tsunami: oh, ese casi acertó, pues resonaba con otra canción muy del agrado de nuestra mentalidad miserable, la Subida de los Mares, fruto del Gran Castigo del Cambio Climático, castigo de nuestros pecados industriales y postindustriales. Pero la peste porcina, eso ya ha sido otra cosa, en este preciso instante. La Peste es la justa compañera de La Miseria. El Gran Castigo tiene un inconveniente: el relato de la Atlántida es demasiado, digamos, grande y heroico: el orgullo de la gran civilización tecnológica hundido en las aguas de la Vengativa Gaia, Gran Madre Kali que devora a los niños malos que desearon huir de los dictados de Natura, gracias a las artes de su ingenio. No, necesitamos una miseria más digerible y cercana, es decir, más adaptada a nuestros hábitos de consumo, una miseria que te pueda alcanzar ahorita, a causa de un estornudo inoportuno, un contacto inusual o un viaje de consecuencias insospechadas.
La gripe es "nueva": el rápido recurso al eufemismo neovictoriano por parte de los encargados de kindergarten de gobiernos y medios indica que ahora sí, ahora estamos cerca del Miedo. Si es nuevo será sospechoso, como el Facebook que hace que los niños no estudien y los videojuegos que los hacen violentos. Uno se protege con una mascarilla, un cortafuegos para el orificio bucal, por donde entran las hamburguesas, los Kinder Buenos, las pizzas y todas las golosinas de la gastronomía recreativa. La ventaja de la mascarilla es que se puede lucir en público, se puede observar si alguien la lleva, puede especularse si en este o aquél avión la gente ha sido, oh, responsable, es decir, que ha respondido a la alarma general y a la fuerza de la narración de La Peste Ahora. Para decirlo con claridad: la máscara es muy social y puede/debe exhibirse en público, a diferencia del condón, pues la boca no es lo mismo que la, perdón, polla. Quizás entremos en una carrera de Significados entre máscara y condón, a cuál más prometedor, en la dialéctica del morir por donde uno peca.
Todo eso parece un relato colectivo, una narración construída por la Tribu Global en busca de un mito que explique cómo hay que vivir (la histora "cuenta" cómo son las cosas, el mito, cómo deben ser). No una narración que narramos sino una narración que nos narra a nosotros; no hacemos otra cosa que ajustar nuestros ritmos personales a un ritmo grupal. (¿No fue así cómo ascendió el nazismo en los 30?). La idea de manipulación a cargo de la cultura de masas es una niñería comparada con el nivel que hemos alcanzado ahora. Siempre he pensado que Orwell era un imbécil que nunca entendió nada, y la persistente persecución de la noticia perfecta por parte de todos nosotros, medios, lectores, instituciones, es la prueba. Todos somos narradores y todos somos hermeneutas --leed a Héctor Borrat-- y nos narramos a nosotros mismos... eso mismito que nos conviene. Pues el problema no es La Peste exterior sino la miseria interior que habita en nosotros y que nos hace reclamar a voz en grito que se hunda el mundo.








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