Mientras reflexiono sobre la que está cayendo, me topo con un artículo que reproduje en mi blog Sociedad Red (que ando remodelando, para relanzarlo), hace nada menos que tres años, y que a la luz de estos días cobra un extraño e inquietante sentido:
Un
muro y un bulldozer, por John Berger, escritor británico
residente en Francia.
La otra noche presencié el discurso del presidente a la nación. Hace
unos días, tres millones de personas —en su mayoría estudiantes— se
manifestaron en lacalle contra la nueva ley que permite a las empresas
contratar y despedir a jóvenes de forma indiscriminada. Varios
comentaristas compararon la dimensión de las protestas —y de la simpatía
pública hacia los manifestantes con la situación de Francia en 1968. Yo
no voy a abordar aquí esta comparación histórica. Sólo quiero describir
el estilo del discurso del presidente Chirac porque, en muchos
aspectos, fue una muestra típica de cómo se dirigen hoy los líderes
políticos —por lo menos, en el Primer Mundo— a su pueblo.
Apareció bien preparado y seguro de sí mismo y , sin embargo, daba la
impresión de saber de antemano que su intervención no iba a cambiar
nada. Que sólo aspiraba a hacer lo que pudiera. No estuvo ni
tranquilizador ni ansioso. El tiempo, el cansancio y las fuerzas del
orden, sugirió, acabarían por calmar las cosas. Antiguamente, los
dirigentes políticos, cuando hablaban ante su país, ofrecían propuestas
de construcción. Podían exagerar, quitar importancia al precio que ib a
acostar o directamente mentir; sus proyectos podían ser tan distintos
entre sí como el Tercer Reich, los Estados Unidos de América o una
República Socialista. Pero sus propuestas siempre incluían una visión
que había que hacer realidad, o una sociedad que aún no existía y había
que crear. Construcción.
En otras situaciones, los líderes políticos proponían la defensa
activa de instituciones y costumbres ya existentes, más o menos
respetadas por quienes les escuchaban y que se consideraban en peligro.
Propuestas de ese tipo desembocaban muchas veces en el chovinismo, el
racismo y la caza de brujas. Sin embargo, su retórica alentaba y hacía
real, aunque fuera por poco tiempo, un sentimiento generalizado de
lealtades compartidas durante la tarea de salvar algo.
La retórica de los dirigentes políticos de hoy no está al servicio de
la construcción ni de la conservación. Su objetivo es desmantelar.
Desmantelar la herencia social, económica y ética del pasado y,
especialmente,todos los mecanismos, asociaciones y normas que expresan
solidaridad.
El Fin de la Historia, que es el lema empresarial de la
globalización, no es una profecía sino una orden de borrar el pasado y
su herencia en todas partes. El mercado necesita que cada consumidor y
cada empleado esté abrumadoramente solo en el presente. Ningún
electorado está preparado todavía para aceptar ese desmantelamiento. Y
por un motivo muy sencillo. El acto de votar, sea en una elección libre o
manipulada, es una forma de aunar recuerdos en apoyo de una propuesta
de programa para el futuro. Nos encontramos aquí con la profunda
contradicción entre la tiranía del mercado mundial y la democracia,
entre la llamada libertad de consumo y los derechos del ciudadano.
Por consiguiente, el proceso de desmantelamiento tiene que llevarse a
cabo de forma disimulada y oculta. Y ésa es la primera tarea política
del líder político actual. Por supuesto, también se está desmantelando
su propio papel. Pero ellos ya han decidido ejercer, disfrutar y
explotar sus poderes, aunque sean disminuidos, en vez de hacer frente a
ninguna verdad universal. Eso es lo que explica su pragmatismo y
suasombrosa falta de realismo. Eso es lo que explica que sean unos
políticos con una capacidad de disimulo sin precedentes. Ellos se
dedican a mentir mientras los tratos se cierran en otro sitio.
Volvamos ahora a los discursos típicos de los dirigentes políticos en
estos tiempos en los que vivimos. Cada vez que se encuentran con algún
tipo de oposición, tienen que ocultar lo que está ocurriendo, y se
apresuran a levantar un muro de palabras opacas. La conclusión del
discurso de Jacques Chirac es un ejemplo perfecto. “En la República,
cuando se trata del interés nacional, no hay que pensar en ganadores ni
en perdedores. Debemos estar unidos. Y que cada uno actúe con
responsabilidad”.
Un muro verbal para esconder lo que está sucediendo. Y al otro lado
del muro, el bulldozer sigue desmantelando.
Aun así, con mur o osin él, todos, salvo los que son ricos o los que
tienen seriaso portunidades de serlo, son conscientes de ese
desmantelamiento. De ahí los tres millones de personas en la calle. De
ahí la gran preocupación nacional por el desempleo, el riesgo
omnipresente de acabar en el paro y el hecho de que cada vez es mayor la
carga laboral que se impone a los empleados.
La nueva ley, que aumenta la precariedad del empleo para quienes han
terminado sus estudios, se presentó oficialmente como una medida para
disminuir el paro a cortoplazo. El daño que ya está ahí no tienen más
remedio que reconocerlo oficialmente, pero sus causas y sus
consecuencias se ocultan y se rodean de confusión (para que no haya más
descontento, revueltas, ira y violencia).
En vez de reconocer la existencia del bulldozer, que es la máquina
modernizadora de la tiranía que supone la economía de mercado actual, se
refieren al desempleo como si fuera una epidemia o una lacra. Una
plaga, es la palabra que utilizó el presidente.
En vez de rebatir el falso concepto de modernización, hablan del
brutal desmantelamiento como si fuera un capítulo de las ciencias
naturales. “El mundo del trabajo”, anunció el presidente,“ en perpetua
evolución...”.
Estos discursos revelan que los líderes políticos que los pronuncian
han abdicado, a todos los efectos, de la política. La política, para
ellos, es un pretexto. Y a pesar de dirigirse a multitudes (20 millones
en el caso de Chirac), hay que observar lo solitarios y, por tanto,
absurdos que se han vuelto sus argumentos públicos.
Últimos comentarios