La comunidad de usuarios de Google Wave ha lanzado el movimiento Salvemos Google Wave, destinado a revertir la decisión de cerrar este servicio. Junto a las acciones de adhesión y promoción de la web, hay un revelador espacio de comentarios de los usuarios en el que se explica la utilidad que GW tiene para muchas personas.
Via: Read Write Web.
Anteayer escribí en Sociedad Red que el cierre de GW era una muy mala señal:
La decisión de Eric Schmidt es inquietante porque, a mi entender, señala una inflexión en las políticas de Google. Y no poco importante: aproximarse a la lógica de las empresas propietarias de medios de comunicación de masas.
La comunicación en internet no es comunicación mediada masiva. Lo que ha llevado a la red a traer el futuro al presente es la ruptura con el paradigma de los medios de comunicación de masas, basados en la verticalidad, la uniformidad y la búsqueda del éxito comercial mediante audiencias cautivas. En la lógica de la red, una baja aceptación de un artilugio no es razón para abandonar el proyecto, a un año vista de su lanzamiento. Un proyecto de internet no es un medio comercial, es otra cosa, aunque acabe resultando un negocio. Es la introducción en la sociedad de un elemento de red que ha de provocar transformaciones a corto, medio y largo plazo, transformaciones que revertirán en el propio proyecto y su ecosistema, mejorándolos y transformándolos a su vez.
Pero Eric Schmidt quiere cerrar Google Wave como si se tratase de un fracaso comercial. Con ello rompe cierto pacto no escrito entre Google y los pobladores de la red mundial: yo estoy de acuerdo con que te hayas convertido en un gigante todopoderoso si tu usas tu poder para empoderarnos a los que nos acercamos a ti. Es decir, que no te comportas como un medio comercial masivo que sólo nos valoras si nos convertimos en audiencias cautivas. "Don't do evil" quiere decir eso, precisamente: no te comportes como las otras empresas de comunicación tradicionales.
Si Google ha de comportarse así, quizás haya que introducir elementos de sospecha que hasta ahora observábamos en los empresarios de prensa, en los propietarios de derechos literarios y otros sujetos de la comercialización masiva sorprendidos por la comunicación en red. No se trata de romanticismo ni de preservar el espíritu primigenio de internet, sino saber a qué jugamos exactamente.








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