El éxito de la cineasta catalana Roser Aguilar en el festival de Locarno, con su primer largometraje Lo mejor de mí ha supuesto la concesión del premio a la mejor actriz a la novel protagonista, Marian Álvarez. Y para mí ha sido una gran alegría, pues Roser fue alumna mía en la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya, de cuya primera promoción formó parte.
Una vez graduada, Roser fue profesora de guión en la propia escuela y comenzó a trabajar como guionista y realizadora en lo que pudo: cortos, publicidad y televisión. Compartimos los tribunales de las pruebas de selección de alumnos, donde teníamos que apretarnos los cinturones de la prudencia para afrontar la responsabilidad de decidir, quizás, el futuro de un joven. Y tuve el placer de trabajar bajo su coordinación en la tarea de comenzar a instruir a los alumnos nuevos.
Roser Aguilar es una buena cineasta, sensible, inteligente, trabajadora y exigente. Se lo ha dicho mucha gente, y más estos días. Pero fue también una de las responsables de que me picara el bicho de la docencia, y su influencia me hizo cruzar una puerta tras la que ya no hay camino inverso.
Nunca me había planteado dar clases de manera formal, aunque muchos amigos me habían dicho que tenía buena capacidad didáctica, que hacía ver fácil lo difícil y que conmigo se aprendía. Fui el tipo siempre capaz de improvisar un taller, un curso, un seminario, gracias quizás a mi veteranía y sobre todo a mi inconsciencia. Por eso, cuando me propusieron hacerme cargo de asignaturas de televisión y comunicación en la ESCAC, me animé. Puse, sin embargo, una sola condición: si esa escuela universitaria que no conocía era un rincón de gandulería y pijería, saldría tan rápido como entraría.
Me acerqué al antiguo local de la ESCAC, en la Escuela Pía de Sarrià, en una segunda quincena de julio y a media mañana. Era un proyecto entusiasmante, basado en la complicidad y la visión de una idea genial y loca, con cuatro duros invertidos todos en material. Nos fuimos poniendo de acuerdo en mis tareas como profesor de televisión en segundo curso. Luego me dieron un paseo por las instalaciones. Y allí ví lo decisivo: con un calor tremendo, en pleno verano, cuando toda la chavalada estaba en la playa, un grupo de chicos y chicas estaban metidos en las cabinas de edición acabando ejercicios o trabajos de curso, montando, sonorizando, totalmente aplicados. Les saludé a todos y empecé a hacer risas y decir burradas con ellos. Entre esos chavales aplicados estaba Roser Aguilar, y muchos otros buenos alumnos que luego han sido compañeros y amigos.
De vuelta al despacho del director le comuniqué mi impresión. Me gustó el aire de colegio viejo, los rincones ganados al caserón para meter moviolas, platós, cámaras, focos, pero sobre todo me gustaron los jóvenes empeñados en labrar su ilusión, sudando a oscuras en el banco de trabajo durante una mañana de verano ideal para la playa.
Al inicio del curso me sumé a las clases y allí encontré a los pencones veraniegos. Comenzó una especie de locura en la que no se sabía quién era más freak, el alumnado o el profesor. Sorprendentemente, dijeron que aprendían, y que nadie les había hablado de las cosas que yo les proponía. Nos gustamos y nos hicimos amigos. Ahora, cualquier persona que entre en una sala de cine para ver una película hecha en nuestro país, se encontrará inevitablemente con el trabajo, en una u otra especialidad, de alguno de aquellos chicos y chicas y de quienes les siguieron. A partir de la salida de la primera promoción de la ESCAC, a base de ilusión y trabajo, el proyecto que surgió como un centro Calasanz se ha convertido en una de las mejores escuelas de cine y audiovisuales del mundo, según las revistas The Hollywood Reporter y Première.
Nunca olvidaré la ceremonia de graduación de aquella promoción de la que formaba parte Roser Aguilar. En el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, cada vez que el Rector nombraba a un alumno para que fuese a recoger su diploma, el resto le animábamos con gestos y miradas, por lo menos tan feliz como él. Yo era feliz de ver a los alumnos comenzar a realizar su sueño. Ellos decían que habían aprendido conmigo, sabiendo que eso me complacía. Pero lo que no sabían es que aquella primera promoción, con Roser Aguilar al frente, hizo mucho más por mí que yo por ella: ellos me hicieron profesor, y eso cambio mi vida. Aquellos pencones chiflados me insuflaron su ilusión, su espíritu de trabajo y su empuje. Mis alumnos me han hecho ser mejor persona. Yo no lo sabía aún cuando las chicas y chicos de la primera promoción de la ESCAC se acercaban a la mesa del Rector en el Paraninfo, solamente me secaba los ojos llenos de lágrimas.
(Foto: Marian Alvarez, Juan Sanz y Roser Aguilar. Associated Press.)
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