Veo que con motivo de la semana de novela negra de Barcelona exhuman dos novelitas que escribió Terenci Moix cuando era muy joven, tituladas Besaré tu cadáver y Han matado a una rubia. Los periódicos lo celebran como un hallazgo curioso y una recuperación meritoria. Yo no lo tengo tan claro. Por más que el impulsivo Terenci juvenil las firmase con el stendhaliano nom de plume Ray Sorel, las obras forman parte de algo por lo que muchos hemos pasado: una época de picapedreros de la escritura en la que éramos capaces de cualquier cosa porque nos pagasen por escribir y por meternos en el mundo editorial, que aparecía ante nosotros como un Olimpo inaccesible. Los jóvenes de aquella época que vivíamos en barrios de obreros --porque éramos hijos de obreros y obreros nosotros mismos-- cuando nos dimos cuenta de que sabíamos escribir, luchábamos por meter las narices ni que fuese en una editorialilla popular de las que entonces abundaban en Barcelona.
Amamantados por el cine de doble sesión y los tebeos y libros populares (de Bruguera, Ibero Mundial, Toray, Molino y tantas otras), aquellos adolescentes queríamos emular a los asalariados de la pluma, porque veíamos en ello una salida hacia horizontes más amplios. La alegría de nuestras vidas fue ver que alguien estaba dispuesto a pagarnos --poco-- por unas cuartillas. Las dos protonovelitas de Terenci debieron de ser una inyección de alto octanaje para alguien dotado no sólo de grandes cualidades y capacidad de trabajo, sino de dotes de seducción, arrojo y, porqué no decirlo, de mucha cara dura. Fue siempre una persona encantadora, en todo el alcance polisémico del término, y yo no sólo le admiré sino que le aprecié muchísmo.
Pero las cosillas que aquellos chavales escribíamos no son, a mi modesto entender, material literario que deba formar parte de las antologías. Para que no se diga que soy mezquino, me referiré a mi ídolo, Víctor Mora. El capitán Trueno es un documento artístico y sociológico de importancia capital, y un modelo de tebeo popular de calidad singular. Pero ello no quita que el personaje y su ambientación sean un trasunto de El príncipe Valiente, de Harold Foster, un clásido del cómic de los 30-40. Y para encontrar al gran narrador que es Mora hemos de acudir a Whisky amb napalm y Els plàtans de Barcelona, por ejemplo, y no a las peripecias de Trueno, Goliath, Crispín y Sigrid. Tras todas estas obras se encuentra el magnífico ser humano que es Victor, al que conocí cuando entré a trabajar, con 17 años, en Selecciones Ilustradas, donde me animó a escribir, seguir leyendo y formarme, y a militar en el sindicalismo revolucionario. Pero para ganarse las algarrobas, servidor produjo montones de folios con adaptaciones para fotonovelas de obras de Corín Tellado, colecciones de cromos, guiones de historietas románticas y del oeste, relatos románticos para revistas baratas y revistas de música pop para adolescentes. Sin todo ese trabajo yo no sería quien soy --lo que haces te hace-- pero nunca me he considerado un creador por haberlo hecho.
Terenci produjo novelitas para Editorial Mateu del mismo modo que Manuel Vázquez Montalbán escribió de todo en la revista Hogares Modernos. Allí, por cierto, comenzaron sus primeros pasos en literatura negra, con el personaje de Jack el Decorador. Francisco González Ledesma fue Silver Kane, lo que tiene mucho mérito, pero su opus magna es Las calles de nuestros padres. Y Terenci, en sus últimos tiempos, fue víctima de su fascinación por cierto glamour de señoronas madrileñas, que le llevó a sumergirse en el aura de Isabel Preysler hasta un punto en el que solamente un ente como Truman Capote podía haber sobrevivido. Un día me llamó para pedirme que enviase a Isabel el recorte de un artículo que yo había escrito sobre ella; por lo visto la señora necesitaba un chevalier servant hasta para mantener su álbum de recortes. Uno lee cosas como Garras de astracán y por el estilo y recuerda la admiración y el desconcierto con que el mundillo literario catalán recibió al Terenci de Onades sobre una roca deserta y El dia que va morir Marilyn. Las dos novelitas exhumadas del Cementerio de Libros Olvidados vienen a ser dos paladas más de tierra sobre la tumba de un escritor que fue y no siguió siendo. Por decirlo crudamente: a veces, tirar de veta para sacar de donde no hay parece un poquitín miserable.










Últimos comentarios