Deseo una feliz Navidad a todos los lectores de este blog, a todos mis amigos y compañeros, y también a todos aquellos a quienes nunca conocí ni conoceré. La Navidad no pertenece a una religión, ni siquiera a la religión. La Navidad es el símbolo de la Luz, el Nacimiento de la Vida y la Unidad de la Humanidad. Cada ser humano es el niño del pesebre: un milagro de la Vida.
Para algunos, la Navidad es un signo excluyente (desde fuera y desde dentro). Para otros, una formalidad social. Para mi, como tantos, representa la proclamación del misterio de Jesús el Cristo: el Reino de Dios está dentro de nosotros. Mi pesebre no excluye a nadie, pues creo que es un lugar ideal ante el que depositar nuestras preocupaciones y partir con el corazón alegre.
Mi Navidad es feliz porque no compro baratijas sentimentales. Recuerdo a los que no están con cariño porque gracias a ellos soy. Me reúno con mi familia porque de ellos sólo he recibido amor y bendiciones. No necesito hablar con los amigos de siempre que son como hermanos porque la distancia física o temporal son secundarias. A todos los que habeis pasado por este blog (que espero que sigais haciéndolo) os envío mi amistad. Ojalá que cada corazón humano pudiera abrirse para acoger a todos, pues entonces podría entrar en él la Luz.
Ayer por la mañana salimos de caminata y sol después de haber pasado el sábado encerrados en casa aguantando el temporal de viento huracanado que se abatió sobre Cataluña y que ha dejado destrozos y muertos tras de si. El paseo marítimo de Sitges estaba a rebosar de familias, con niños pedaleando en sus bicis y chavalotes en skateboard, amén de jóvenes y mayores haciendo jogging. Había más gente que otros domingos a la misma hora, y hoy, al llegar al trabajo, mis compañeros me cuentan cosas parecidas de su entorno. Es como si el bichejo humano hubiera tenido necesidad de emerger tras una crisis, algo como sacar la cabeza de la madriguera y comprobar que todo ha vuelto a la normalidad. Lo cierto es que había una curiosa energía entre mis copaseantes, fruto quizá de la fuerte ionización negativa del aire, que como casi todo el mundo sabe se da muy bien en la orilla del mar y más especialmente después de la lluvia o con fuerte viento, y le pono a uno el cuerpo energético que pa qué. Podía decirse incluso que se notaban unas curiosas ganas de vivir.
Sobre todo, cuando el vendaval provocó un derrumbamiento de una instalación deportiva que causó la muerte de cuatro niños que jugaban al beisbol en el pueblo donde nació Pau Gasol. Yo me solía chotear de los cascos que les encastan en el coco a los retacos que van en sus minúsculas bicis por el paseo de mi pueblo, y no digamos del nuevo casco supertecnológico que ostentan los anxanetes, los chavalines que culminan los castells, esos castillos humanos que hacemos por aquí los días de fiesta antes de ponernos morados de cebollas tiernas asadas, alcachofas y costillas de cordero. Pero ahora no sé qué pensar, cuando me doy cuenta de que la percepción del riesgo es muy distinta hoy que hace 40 años. Los niños que pedalean por el anchísimo andén del paseo marítimo de Sitges, sin más obstáculo que cuatro perros juguetones, andan protegidos con cascos y rodilleras mientras que cuando yo era chico, nos fabricábamos unas tablas con cuatro cojinetes de bolas a modo de ruedas y, con un cordel y un gancho, nos hacíamos remolcar de los camiones. No éramos golfos sino hijos de familias normales como los superprotegidos chavalines de la era de la Play. No me atrevo a pontificar sobre seguridades y riesgos reales o ficticios con los cuerpecillos calientes de los cuatro beisbolistas santboianos en mi mente.
Ken Follet le cuenta a José Martí Gómez, en una entrevista tan magistral como todas las que ha escrito y escribirá este maestro de periodistas, que la sociedad medieval cambió su idea de las cosas a raíz de la peste negra. Hasta entonces, las desgracias sólo podían ser atribuídas a la voluntad de Dios o a los pecados propios. Pero aquella calamidad indiscriminada abrió un boquete a la razón y por el avanzó la idea de que era necesario conocer la causa física de los fenómenos para poder prever sus consecuencias. El riesgo afina los espíritus, pero percibo en nuestra sociedad bien alimentada cierta incapacidad de asumir que existen peligros que no pueden conjurarse a fuerza de tecnología, gobernanza o pedagogía cívica. ¿Tiene eso algo que ver con la incapacidad de cambio y evolución de nuestras sociedades europeas que se admiran ante el valor y esperanza de Obama pero se jiñarían encima, y perdonen la expresión, si por ventura hubiera un gobernante que se les dirigiera en aquéllos términos?
No lo sé, pero paseando bajo el sol, bombardeado por miríadas de iones negativos, sentí que había una extraña y callada complicidad entre las comadrejas recién salidas de la madriguera para ver si es cierto que el sol sale por el este cada 24 horas. Cosa que, como casi todo el mundo sabe, no está en absoluto garantizada.
¡Feliz Navidad, amigos lectores de este blog! Mi deseo es más que un gesto de cordialidad o un formalismo social; creo profundamente en el significado de la Navidad y en su capacidad para iluminar nuestras vidas, más allá de las creencias religiosas o la ausencia de ellas. Del mismo modo que la luz del Sol sale para todos, la Luz de la Vida ilumina también a todos por igual. La Gran Compasión no excluye a nadie, y sólo hace falta saber mirar con atención para hallar el camino.
La primera recomendación para orientarse es saber que nada es lo que parece y que lo esencial está simpre oculto a la vista. Oculto de un modo especial; como enseñó Allan Poe en la historia de la carta escondida, el mejor modo de ocultar algo es ponerlo en el lugar más evidente. Lo que saben los sabios es que el mundo es un libro, Liber Mundis, que hay que aprender a leer, cuyas páginas están hechas de Tierra, Agua, Aire y Fuego, llenas de renglones torcidos que son la escritura recta de Dios.
Con ánimos de leer hoy en ese libro --el único libro sagrado que existe-- me acerqué anoche hasta el Pesebre de Belén, para adorar a Jesús de Nazaret, atraído por el fulgor de la estrella y los cantos de los ángeles. Y hallé en aquel apartado rincón la primera lección del libro: cualquier lugar del Universo es sagrado y no sólo aquélla tierra es santa. Por eso nuestra obligación es hacerle honor y practicar la justicia en todas partes, ya que la justicia es el amor en acción y el único homenaje que agrada a Dios.
La segunda lección es que la Luz Verdadera es la que nace en la oscuridad. Jesús nace en el solsticio de invierno, cuando la oscuridad ha llegado a su extremo, en una cueva apartada, lejos de las miradas mundanas que sólo se ven atraídas por el provecho, el rechazo o la adulación. La Luz que alumbra el corazón brota oculta, en la cueva del corazón, destinada a convertir nuestros corazones de piedra en corazones de carne y realizar así la alquimia suprema.
La tercera lección es que los seres más cercanos que acompañan el nacimiento de la Luz son nuestros hermanos los animales, que calientan al recién nacido con su aliento, mostrando así que no sólo el aliento humano, expresión del espíritu (ruaj) y de la energía (chi, prana) es de naturaleza espiritual sino que el aliento animal tiene su lugar en la dignidad inspiradora.
La cuarta lección es que la estrella de Belén muestra la legitimidad de los astros como indicadores del camino, ya que la astrología es la gramática del lenguaje de Dios, como bien sabe mi amigo José Antonio González Casanova, veterano socialista, catedrático de derecho constitucional que inspiró a unos cuantos padres de la Constitución Española, y astrólogo cristiano. El orden supremo de las estrellas es inspirador del orden supremo de la ética del corazón, como halló nuestro ancestro Immanuel Kant.
La quinta lección es que necesitamos ayuda para despertar del sueño de la apatía y la desesperanza, y que quienes nos llaman a la vela son esos ángeles con quienes conversábamos cuando fuimos niños y cuya compañía abandonamos cuando creímos saberlo todo hasta ver que no sabemos nada. Son esos ángeles, que pueden volar porque se toman a si mismos muy a la ligera (dijo Chesterton) quienes cumplen su labor de mensajeros de lo Sagrado: da las gracias, no te tomes en serio, goza de la vida, piensa en los demás, la vida es buena para ser vivida, siempre con los otros. El mensaje angélico no es, ciertamente, cree en esto o aquéllo, esto está equivocado, aquéllo es condenable, sino Gloria a Dios en las alturas y Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad: fe, confianza, buena voluntad.
La sexta lección es que los primeros en acudir a la llamada de la Luz son los sabios de otras culturas y tradiciones espirituales, aquellos que consideramos infieles o paganos, seguidores de prácticas exóticas, ante quienes elevamos barreras para que no contaminen nuestra prática religiosa pues consideramos su sabiduría como superstición.
La séptima lección es que la sabiduría se valida por la generosidad, dando cosas útiles para todas las dimensiones del ser: mirra, para la vida del cuerpo; incienso, para la vida del espíritu; oro, para la vida en sociedad.
La octava lección es que la paternidad humana es coherente con la filiación divina. Nacer de una madre es nuestro primer acto de humildad, puesto que ni siquiera Él se hurtó a ello. No podemos parirnos a nosotros mismos del mismo modo que no podemos añadir un codo a nuestra estatura. Necesitamos a otros seres humanos para existir en este mundo.
La novena lección es que los padres se las apañan con poco para sacarnos adelante: un establo y un montón de paja bastan. Poco necesitamos también nosotros para alumbrar y educar a los demás.
Y la décima lección es que, del mismo modo que nacimos, un día moriremos. En silencio y ocultos a la mirada mundana, puesto que la vida y la muerte verdaderas ocurren en la soledad. Y así todo está bien, y todo estará bien.
No hay que temer un exceso de entusiasmo ni esconder una enorme admiración: la llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos es un hito histórico. No porque sea un nuevo Kennedy --ni lo es ni lo será; es otra cosa-- ni porque sea negro --que lo es aunque no haya hecho una campaña "racial"; no es Jesse Jackson-- ni porque su ascendencia halaga el alma romántica de Europa --cuya clase política es estrictamente etnocéntrica y es visceralmente incapaz de soportar unas elecciones primarias como las americanas y someter el feudalismo de sus dirigentes no ya a los militantes sino a los simpatizantes; véase el estado en que ha quedado el PS tras la venganza contra Ségolène Royal. Y hablando de venganzas, ¿recordais a Josep Borrell, que ganó unas "primarias" en el PSOE y el precio fue la expulsión inmediata del paraíso? No os pido que mireis a IU por caridad y para no ver el espectáculo de la secta de Paco Frutos.
Me siento feliz viendo cómo Barack Obama ha exhibido los valores que yo deseo para la humanidad: confianza, fe en el futuro, optimismo creativo, prudencia y acción, empatía. fe en la democracia, creatividad práctica, creación de consenso, defensa de lo que se cree correcto, lucha por lo que se cree necesario, comunicación de actitudes positivas.... Lo que escribo no son ditirambos. Hemos asistido al caso insólito de ver nacer un liderazgo cuyo contraste ya he descrito. Pero además me doy cuenta de que estamos ante un liderazgo no únicamente político o económico: estamos ante un nuevo liderazgo de raíz espiritual. Y no hablo de confesiones religiosas. Lo malo de la religión en América es el fundamentalismo y la amenaza a uno de los pilares de la revolución democrática americana, la separación iglesia-estado. Lo bueno es que las personas de fe estan orgullosas de tenerla, y si ello lleva a unos, ciertamente, al fanatismo, hace que otros hallen en ella fuerza, esperanza e inspiración.
Me siento inspirado por lo que estoy viendo y viviendo. En esta dimensión espiritual no hay barreras nacionales, ni limitaciones de tiempo y espacio. La fe de Barack Obama y su gente no está al otro lado del Atlántico, está en mi corazón.
Esta tarde respondía a un comentario de Jaume de Marcos diciendo que una de las razones de nuestra debilidad social es la incapacidad de proclamar y defender nuestras ideas, especialmente las filosóficas o religiosas. Esto es algo muy diferente al deporte nacional de enzarzarse en polémicas agresivas desde esquemas ideológico-políticos inconmovibles. Personalmente, desconfío de aquellos que "nunca cambian", y cuando escucho a Julio Anguita proclamar lo que él considera "coherencia" me da repelús.
Proclamar en público las propias convicciones es algo muy diferente de toda esa logomaquia que produce el 90% del ruido comunicacional. Lo que uno cree es algo que surge de la experiencia de la vida vivida con alma y sentido, no algo propio de una trifulca de taberna. Por eso no solemos ver a gente íntegra declarar sus convicciones con la autoridad que da vivirlas desde el corazón.
Para no quedar como un hipócrita, aquí está lo que yo creo, explicado por John A. Buehrens:
La fe no es cuestión de
creer alguna afirmación antigua a pesar de la evidencia. Es más bien cuestión de vivir con valor e
integridad, a pesar de los retos y pérdidas de la vida y a pesar de la tentación de caer en la
desesperación. Y la esperanza no es cuestión de creer que todo nos va a salir bien. Más bien es
cuestión de dirigir nuestra vida hacia un punto en el horizonte más allá de lo que nadie de nosotros puede
ver, pero hacia el cual sabemos que más nos vale que nos movamos juntos, si es que queremos que haya un futuro que valga
la pena para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos. Y el amor, no es simplemente una tarjeta sentimental de
Hallmark, ¿verdad?. Más bien se trata de vivir en el aquí y el ahora, sirviendo a la forma social del amor
conocida como justicia, practicando la compasión y caminando humildemente sobre esta tierra, en el tiempo que es nuestro,
junto con otros, ante el misterio que nos trasciende a todos.
Este es nuestro llamado, el suyo y el mío: atender y servir a la frágil llama en todas nuestras almas, hasta
que ardan con la llama continua de la misión de sanar el alma de la democracia y el alma de nuestro mundo.
(Video: George Harrison en el concierto por Bangla Desh: While my guitar gently weeps)
Partidario de la buena educación, soy de los que creen que se empieza por dejar de dar los buenos días al entrar en la panadería de buena mañana y se acaba ametrallando a las viejecitas por las aceras con esos AK 47 automáticos rusos que estos días están causando furor --nunca mejor dicho-- en Georgia. El manual de urbanidad que nos daban en el cole --¿ediciones Bruño?-- nunca fue de mi agrado, pues a edad bien temprana un servidor ya tenía un acentuado sentido de repugnancia ante lo cursi. Para mi, personas bien educadas eran mis padres: "da las gracias", "saluda como es debido". En aquel entonces --cuando los dinosaurios dominaban la Tierra-- la educación se asimilaba a la cultura, ese bien tan apreciado por las clases trabajadoras, en el que se intuía cierto poder liberador, o por lo menos de desclasamiento. Como un servidor no conocía entonces a ningún rico, aún no sabía que ser maleducado no solo no era privativo de ciertos patanes criados en mis proximidades, sino que la humanidad pastosa puede aventajarles en esa habilidad, y de qué modo.
Mi padre sí que conocía gente rica, pues trabajaba para ellos: era barman en el Círculo Ecuesre, donde conoció de todo. Mi señor padre no tenía un duro en el bolsillo pero era incapaz de salir de casa sin haberse afeitado. Cuando vio que el nene apuntaba maneras, me regaló un diccionario enciclopédico en tres volúmenes de la editorial Ramón Sopena, luego Las Mil y una Noches, y finalmente, la Historia Universal y la Geografía Universal del Instituto Gallach. Siguen ahí, en mi biblioteca, el diccionario en la de mi hija. Igual que mi padre con el afeitado, un servidor, a los 10 años, se hubiera dejado cortar una mano antes de ser sorprendido haciendo una falta de ortografía.
El pasado curso hallé, el primer día de clase, que un alumno nuevo entró en el aula y se sentó sin quitarse una descomunal gorra que llevaba calada hasta las cejas. Una gorra de esas que llevan los personajes de las películas en que sale Dan Aykroyd --es mi ídolo-- pilotando pickups viejas y, con suerte, escuchando a Les y Mary Paul en el radiocasete. Con la mayor discreción y sin referirme directamente al interfecto, hice notar que permanecer cubierto en un local techado era considerado un signo de paletez, y hacerlo en un aula, una clara muestra de mala educación. El alumno era un joven mayor de 18 años pero nadie le había informado nunca de nada semejante. Personalmente, no creo que los jóvenes de ahora sean más maleducados que los de antes; generalmente suele suceder lo contrario. Sí lo son sus padres, una generación que ha vivido el derrumbe del falso moralismo franquista sin que haya sido sustituído por una verdadera moral cívica republicana, y digo republicana refiriéndome no a la forma de gobierno sino a la concepción de la sociedad. "Què fan els infants? El que veuen fer als grans". Por eso van tras los títulos y el ansia de ganar dinero: han sido educados así.
Cuando Nicolás Sarkozy llegó a la presidencia de la República Francesa se estrenó remitiendo una carta a todos los enseñantes franceses en la que llamaba a recuperar los buenos modales en el aula. ¡De qué modo excitó las papilas de los jóvenes reaccionarios de aquí, clamando todos por que las aulas universitarias se levantaran como un solo hombre a la entrada del profesor! ¡Por fin se iba a ajustar las cuentas al disolvente sesentayochismo y Cataluña iba a regresar a las esencias noucentistas! (Y d'orsianas, puestos ya a pedir). Sentí entonces el mismo repelús que ante los viejos libros de urbanidad; no se trataba de una proposición de civismo republicano sino del viejo y conocido olor de la apelación a la ley y el orden.
La dessesentayochización de la sociedad occidental no es una reclamación reaccionaria actual. Si se mira bien, la trayectoria de los Poderes, desde entonces hasta ahorita mismo, no ha sido otra que abundar en ese empeño. Si hay algo que demuestre que lo que sucedió en torno a aquel año fue, o estuvo a punto de ser, un gran cambio social, es que causó una reacción que ha durado cuatro décadas. Pues el 68 no fue solamente Nanterre sino algo más, mucho más: la nueva izquierda americana, el pacifismo, el rechazo de la guerra de Vietnam, la contracultura, la agitación esudiantil mexicana, los Juegos Olímpicos en México y los atletas partidarios de los Panteras Negras en el podio, la música, con los festivales folk, Monterrey Pop y Wight, el movimiento pro derechos civiles, la marcha sobre Washington y la hegemonía de la NAACP en el movimiento negro, la primavera de Praga, el rechazo del comunismo en los países del este y la apelación a un socialismo "de rostro humano", con Alexander Dubcek y Jiri Pelikan, la sintonía de las avanzadas militantes jóvenes de España con todo ese movimiento. Y mucho, mucho más. ¿La prueba de que la reacción fue terrible y de que no se andaba con chiquitas? El asesinato de Martin Luther King y Bobby Kennedy, dos por el precio de uno (de allí hasta Bush pasando por Reagan pasa una línea directa tirada con tiralíneas. La ilusión por Obama responde al cansancio de esa prolongada reacción, quizás porque la energía espiritual de Teddy Roosevelt, y sobre todo, su esposa iluminada, Eleanor, es muy potente).
Andaba yo en esas cuando, la otra noche, me topé en la cadena Arte con el Concierto por Bangla Desh que organizó George Harrison en 1971. Relajado y fresquito, me puse a ver qué tal quedaba aquella música 37 años después, con Harrison, Eric Clapton, Billy Preston, Ringo Starr, Badfinger, Leon Russell, Bob Dylan et alia. Lo que me sorprendió no fue la exquisitez de las canciones, que han superado el paso del tiempo y son ya clásicas, ni la interpretación creativa de todos los artistas, ni aquellos rostros y figuras que fueron la inspiración de mi juventud. Lo más sensacional de todo fue darme cuenta de su exquisita educación. Era un estar en escena apasionado y contenido a la vez, una actitud delicada entre los músicos y ante el público, una maravillosa energía que unificaba todo lo que vivía allí sintonizado en esa onda. Y en un momento dado, George presentó a un bajista de acompañamiento, diciendo: "Muchos habreis oído hablar de él, pero pocos lo han visto: Klaus Voormann". El beatle tuvo el detalle de destacar al viejo amigo que les ayudó en su gira por Alemania antes de que fueran famosos y diseñó la portada del álbum Revolver; nada podía haber sido más exquisito.
La ancestral cultura sinojaponesa nos ofrece la exquisitez en el cultivo de las formas como un camino de acceso a las profundidades del espíritu. Lo que yo ví en el concierto de Bangla Desh 37 años después fue que esa sintonía exquisita en escena era una muestra del Espíritu en acción. Quizás uno de los muchos nombres de la espiritualidad sea el aprecio por el otro: la buena educación, que es una de las formas que adopta la Buena Voluntad, que es la más poderosa, profunda y alta energía espiritual del universo.
Eso fue algo que entendió bien Alan Watts, que pasó de ser clérigo episcopaliano y monje zen a convertirse en uno de los mayores filósofos del cambio cultural de los 60. Watts buscaba en la cultura asiática ese modo de vida gentil del que occidente ha huído, y proponía como vestimenta masculina el uso del sarong en lugar del traje. Alguien le objetó que la falda del sarong era un obstáculo para correr detrás del autobús, y Alan respondió: "Un caballero nunca corre detrás de un autobús". No era dandismo sino sentido de las proporciones.
En uno de los blogs que sigo, Xiruquero-Kumbayà dice que el mero hecho de escoger una postal para mandársela a alguien implica en si mismo un gesto de amistad. Este amigo excursionista propone recuperar la costumbre de enviar tarjetas postales, un tanto alicaída en medio del auge de la red. Es cierto: el correo electrónico nos ha permitido recuperar la correspondencia, y las redes sociales, el mantenimiento cotidiano de la amistad, pero falta ese detalle de enviar una postal desde el lugar de vacaciones, el viaje, o aquel punto del mundo en que nos encontramos, diciendo "me gusta estar aquí y esa emoción me lleva a compartirlo contigo". Compraré tarjetas postales y haré caso al colega del blog de mochila. Con los tiempos que corren, mandar postales puede ser algo tan raro y exquisito como el sarong de Alan Watts. Por lo menos, un acto de buena educación. Y quizás una vía directa al Espíritu, el cual, como es sabido, sopla donde quiere. Buenos días, lector, y usted perdone el excurso.
Pues yo no tuve una infancia desgraciada, ni nada. Ya sé que no mola, pero qué otra cosa voy a decir. Por supuesto, en casa éramos lo que entonces se decía pobres, es decir, trabajadores manuales, y encima, rojos derrotados en la guerra civil (el día que, aún muy niño, mi padre me dijo que los rojos éramos nosotros, me llevé un alegrón). Fueron de aquellos que, al día siguiente de entrar las tropas de Franco por la Diagonal, hubieron de levantarse para ir a trabajar. Bueno, en el caso de mi padre, como tantos otros miles, hubo de chuparse una temporada de campo de concentración y repetir el servicio militar, con el uniforme de quienes acabaron con los sueños de su generación.
Así que las primeras alegrías que mis padres tuvieron después de aquel tsunami social fueron, justamente, ver a su hijo alegre e ilusionado ante los regalos que me traían los Reyes Magos el 6 de enero. Aun hoy recuerdo uno por uno todos aquellos juguetes que me esperaban, empaquetados, en el recibidor del pequeño piso del Poble Sec tal día como hoy hace una cincuentena de años. También mis padres recordaban, cuando yo era adulto, la emoción y el temblor de manos de aquel chiquillo gafudo y cabezón, plantado ante el montón de regalos sin atreverse a escoger uno. Porque mis padres eran, como se dice, pobres pero honrados, y conseguían con una habilidad tremenda que los Reyes Magos me dejasen unos juguetes que, vistos hoy día, no son moco de pavo. Llegué a convertirme en un verdadero ingeniero del Meccano, experimenté en artes escénicas con el circo Airgam y me inicié en el vicio del juego con los Juegos Reunidos Geyper. Y los libros, oh los libros, que me dieron a conocer a Tom Sawyer, Huckleberry Finn, Guillermo Brown, los Tres Mosqueteros, Robinson Crusoe, el capitán Acab, Heidi, el profesor Lidenbrock viajero al centro de la Tierra, Sir Edmund Hillary y el sherpa Tenzin Norgay (quién me iba a decir entonces que acabaría teniendo amigos sherpas y que el té tibetano que se toma en el Himalaya es una asquerosa y salada sopa de manteca... a la que me he vuelto adicto). De lo que no había manera era de que Sus Majestades se avinieran a traerme un tren eléctrico, con lo que se demuestra que los problemas ferroviarios que nos aquejan a los catalanes vienen ya de muy lejos.
Fui, pues, un niño con juguetes, y bien que los aproveché. Jugué con todos ellos, mucho y a fondo, y aprendí con ellos el mejor de los juegos, que es el interés por las cosas y la ilusión por la vida. Hay quien cree que ser pobre es ser carenciado --qué magnífica palabra argentina-- y aunque en muchos casos sea verdad, en nuestro entorno de aquel tiempo nuestros padres se cuidaban mucho de que no faltase lo suficiente para llevar una vida digna. Un día, una amiga que viene de una familia muchimillonaria (como se decía en los tebeos del Pato Donald del tío Gilito) me dejó helado con una frase: "Es que a vosotros, los hijos de los obreros, vuestros padres os querían".
Mi día de Reyes de cada año era la culminación de una vida feliz, cuyo encanto era que, aun creyendo que era la magia de los tres astrólogos zoroastrianos quienes producía la lluvia de regalos --como sigo creyendo firmemente hoy día-- estos estaban indisolublemente ligados a la bondad de mis padres y mis abuelos. Estoy convencido de que esa bondad expresada tan fehacientemente me ha vacunado de muchas estupideces y sufrimientos, aunque no me ha ahorrado muchos otros, como es natural y debido.
Ya en aquel entonces se decía que los Reyes nos traían demasiados regalos, y que no era bueno mimarnos tanto con tantos juguetes. Y una mielda, compañero, como dicen los cubanos. Nada sobra al que poco tiene. Los juguetes están hechos para los niños, y los regalos son el vehículo de la buena voluntad, pues, como dice Aquél, ¿quién es capaz de, cuando su hijo le pide un pan, darle una piedra? No, no sobran hoy regalos, lo que sobra es tontería, y lo que falta es la presencia cálida de los padres, silenciosos, mirando desde su estatura a los enanos, gozando de su emoción y cubriéndoles con un manto sutil que es la energía del amor que brota del corazón.
En el budismo hay una figura arquetípica que representa el amor y la bondad. Se llama Avalokitesvara en sánscrito, Chenrezig en tibetano, Kuan Yin en chino y Kannon en japonés. En unos casos es una figura masculina y en otros, femenina. Pero el significado de su nombre es "aquél que mira desde lo alto de manera bondadosa y amorosa a todos los seres". Un día me di cuenta de qué tipo de mirada era esa: era la mirada de mis padres cuando seguían con la vista mi carrera, pasillo allá, en busca de los regalos de los Reyes Magos.
Esta noche de Reyes he tenido un regalo. He soñado que estaba sentado a la mesa con mis padres, y allá, en el mundo que está más allá del tiempo y del espacio y en el que se cumplen todos los deseos, les decía lo bien qué recordaba aquellos momentos mágicos de la mañana de Reyes. Y en mi sueño de esta noche, he vuelto a ver la mirada de mis padres y su sonrisa, alegres los tres de recordarlo juntos, en eso que dicen que es un simple sueño y que por lo tanto, no existe ni es real. Coño, si es real. Chenrezig. Un pan y no una piedra. Y una mielda, compañero.
Últimos comentarios