Los españoles de izquierdas seremos juzgados muy duramente en el futuro por nuestra actitud con la dictadura cubana. Y es probable que no se trate de un futuro muy lejano. La ficción pseudosocialista soviética se derrumbó de la noche a la mañana, y los despojos del matrimonio Ceaucescu fueron arrastrados por las calles cuando aún no hacía demasiado que las residencias rumanas para burócratas acogían las vacaciones de algunos de nuestros dirigentes comunistas.
La mirada española hacia Cuba está teñida de sentimentalismo y paternalismo. Cuba representa ante los ojos de muchos un recuerdo de una cierta España paradisiaca que se perdió; "más se perdió en Cuba", se dice todavía. La izquierda, comunista y socialista, no es ajena a ese sentimiento, ajustado a su pensamiento: Cuba sería la revolución que aquí no se pudo hacer. Se proyecta, pues, sobre ella, el sueño personal de uno, la sombra de utopías que cada cual se ajusta a su medida.
Pero a los españoles de izquierdas se nos juzgará con mayor dureza porque se supone que tenemos experiencia suficiente para identificar a una dictadura sangrienta y mentirosa. Cuando leo las justificaciones de la dictadura castrista acerca de la muerte de Orlando Zapata me viene inevitablemente a la memoria toda la basura que la jerarquía franquista y sus sicarios vertía sobre sus compatriotas disidentes. También a nuestros presos políticos se les llamaba delincuentes comunes y se les acusaba de supuestas violencias: Julián Grimau, Salvador Puig Antich. Era suya la culpa de haber muerto, y no de sus torturadores: Enrique Ruano. La doctrina propagandística de los jerarcas cubanos y sus sicarios torturadores parece extraída textualmente de las actas del Tribunal de Orden Público y de los comunicados de la Brigada Político Social. Nos hicimos comunistas precisamente para luchar contra todo eso, y ese compromiso nos obliga todavía hoy.
Se nos juzgará muy duramente por eso, y por no haber sabido defender la libertad, la vida y los derechos humanos de las personas primero. Se juzgará a Cayo Lara, incluso a Gaspar Llamazares, por supuesto a Paco Frutos, y al mudo intermitente Julio Anguita. Y eso que todos ellos han sido dignísimos y heroicos luchadores por la libertad de los trabajadores españoles. Pero no lo han sido de los trabajadores cubanos. Y hoy no existen fronteras, y resulta que el internacionalismo proletario era precisamente eso.
Entre el sentimentalismo español relativo a Cuba existe una idea loable: hacer lo posible para que el inevitable cambio político en la isla no implique derramamiento de sangre. Eso explica la política española al respecto, incluida la actitud titubeante de Zapatero en este reciente episodio. Pero una Cuba socialista democrática no es en absoluto el régimen policiaco de los hermanos Castro. Sería una Cuba con libertades democráticas y un desarrollo que fuera más que los consabidos cuentos propagandísticos acerca de la medicina y la enseñanza. He oído a socialdemócratas repetir la historieta de que comparada con su entorno, Cuba sale ganando. ¡Cielo santo, un país que en 50 años de "revolución socialista" no es capaz de alimentar a sus ciudadanos!
La represión cubana tiene la virtud de poner de manifiesto la naturaleza violenta de un régimen que sólo es capaz de funcionar en el conflicto y donde solamente lo bélico funciona, pues es el ejército la única fuerza organizada del país, una verdadera macroempresa que controla su capitalismo de estado: la participación en la guerra de Angola le reforzó institucionalmente en ese papel. La ejecución de los generales Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia fue el corte de raíz de la indisciplina en ese mecanismo (que fue igualmente adornada con un aparato propagandístico de denigración personal que parecía calcado del nazifascismo europeo). Pero el ronroneo justificativo de la izquierda europea nos ha hecho olvidar aquel episodio, y por eso nos sorprende este nuevo acto de barbarie. Del mismo modo que olvidamos que el aventurerismo del castrismo puso al mundo al borde de la tercera guerra mundial con la crisis de los misiles a principios de los 60.
En un futuro no muy lejano veremos a los represores cubanos correr en calzoncillos por las calles de La Habana perseguidos a garrotazos del mismo modo que en 1974 vimos a los policías políticos de la PIDE portuguesa hacer lo propio. ¿Qué dirán entonces esos que ahora callan?





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