Cuando vi la descomunal falta de cintura del gobierno de la Generalitat de Catalunya con motivo del fallecimiento y funeral de Vicente Ferrer me di cuenta de que no me había vuelto paranoico, sino que me encuentro en un estado de lucidez semejante al de aquél diputado republicano que, al salir un día de las Cortes, exclamó: "Estoy hasta los cojones de todos nosotros". Al principio creí que se trataba de un error de protocolo fruto del ensimismamiento con el que Catalunya se vive últimamente a si misma: todo un funeral de Estado, con la asistencia de más de 150.000 personas que veneran a nuestro compatriota, y además en la democracia más poblada del mundo, patria de Gandhi y del pandit Nehru, quien hubiera podido dar lecciones de socialismo a más de uno y a más de dos, y enviamos a un respetabilísimo personaje de tercer orden protocolario porque le corresponde relacionarse con asuntos exteriores y cooperación. Somos estúpidos para eso y para mucho más, ya que hemos perdido un discurso propio y nuestro gobierno no hace más que articular pequeños movimientos tácticos que permitan convivir las fuerzas y tendencias políticas que conviven en él sin apuñalarse por la espalda y hundir el invento. Pero no; es todavía peor. Se trata de algo tan simple como que Vicente Ferrer no es uno de los nuestros.
La prensa llama a Ferrer "cooperante". Vamos, anda; cooperante el tipo que ha demostrado que una de las grandes lacras de la humanidad, el hambre en la India y la marginación de los descastados puede superarse, vencerse. Sin discursos ideológicos ni alharacas, Vicente Ferrer ha puesto en pie el huevo de Colón. Nada de lamentos sentimentaloides ni de discursos de oenegés: acción, esperanza y temple. Por ello, Vicente no le ha bailado nunca el agua a nadie, ni a la Compañía de Jesús a la que perteneció, ni al Vaticano, ni a la propia Indira Gandhi. No ha coqueteado con nadie ni se ha dejado asimilar pasivamente por ningún discurso ajeno al testimonio de su propia acción y exigencia ética. Por ese motivo, no ha podido entrar en la categoría de los "catalanes universales": su enormidad no encaja en ese sentimentalismo en el que nuestra nación gusta de mirarse y que paso a paso lleva empequeñeciéndola cada vez más. Pero hay algo peor: su figura tampoco encaja en el lecho de Procusto de las llamadas "ideologías". Tras el --¿aparente?-- caos ideológico del actual Govern hay una idea transversal que lo cimenta: una fatal ideología de la mediocridad que lleva a sus consellers a gobernar la nación como lo hicieron en sus municipios cuando eran alcaldes o en las diputaciones en las que aprendieron el arte de la opacidad. Y tras esta no-ideología, una ideología de fondo que se pretende progresista, un supuesto espíritu laico que recela de cualquier inspiración espiritual --no digo religiosa, digo espiritual-- que motive una acción humana. Horrible herencia del sectarismo de las fuerzas de izquierdas de la época republicana, que veo resurgir en pleno siglo XXI con ropajes nuevos (García Oliver y la CNT-FAI precedieron a Pol Pot en el ejercicio del crimen antirreligioso y antiespiritual como medio de aplicar el terror revolucionario como paridor de una nueva sociedad y una nueva esclavitud, más insidiosa y cruel que la antigua. Aún hay ejemplos vivos hoy día: mírese a Corea del Norte o incluso a Cuba, y óigase como Chavez jalea al belicista nuclearizado Ahmadinejad; ¿dónde están las protestas contra el armamento nuclear de la izquierda realmente existente? Ja, ja y ja).
Me acuerdo de los antecedentes cristianos del PSC y de cierto sector del PSUC. Estos últimos han sido borrados de la faz de Iniciativa; respecto a los primeros, me gustaría saber qué pasa por las cabezas de gente como Josep Maria Carbonell, Pilar Malla y Àlex Masllorens y muchos otros. Pero caigo en la cuenta de que no sólo ha sido la conferencia episcopal la que ha vuelto la espalda a Vicente, como era de esperar, ocupados como están en cavar la trinchera que les separa de la realidad. Tampoco la izquierda católica catalana se encuentra cómoda ante él, por lo menos del mismo modo que se siente próxima al obispo Casaldáliga. Tampoco Ferrer hizo gestos ante una sociedad en la que lo transversal es, precisamente, el culto al gesto que halague el propio narcisismo. Por ejemplo, el narcisismo de pensar lo bueno que sería disponer de una iglesia nacional propia, ajena a la cutrez madrileña y al diktat vaticano. Tener un obispo allí en la lejanía, también santo y bueno, "descalzo sobre la tierra roja", aunque considere casi un santo a aquél Guevara que aspiraba a ser "una perfecta máquina de matar" y comenzó ejercitándose en la represión postrevolucionaria. Por lo demás, con el Concilio Vaticano II enterrado bajo siete llaves, colgar los hábitos no se perdona, aunque la consecuencia haya sido encarnar los valores del Evangelio. Si no han hecho santo a Juan XXIII, ¿van a hacerle caso a un ex curilla?
Hay, pues, muchas cosas mezcladas en este "signo de los tiempos" al cual asistimos. Mucho más que la inanidad de un gobierno (en su conjunto: admiro muchísimo a Joaquim Nadal, Antoni Castells y Mar Serna, pero los tripartitos fueron concebidos para resistir al último Aznar y no para llevar adelante a la nación, se trató de un invento de Maragall que le sobrevive como un espectro. Las izquierdas catalanas están agotadas ideológica y políticamente, pues todo efecto responde a una causa). Las derechas nacionalistas tampoco se sienten cómodas con Ferrer; véase que, mientras La Vanguardia aprovecha el caso para aportar al asunto un poco más de salsa de Dragon Khan, el Avui, que no tiene porqué disimular, esconde el cadáver del "cooperante" todo lo que puede. Y el independentismo, encantado de conocerle, pero anda ocupado en buscar magníficas soluciones del siglo XIX para problemas del siglo XXI. Según los sabios del tema, nación y lengua son equivalentes; por tanto, como Vicente no sacrificaba ante una u otra, que le vayan dando.
Joan Majó escribe hoy en El País y se refiere a los últimos informes del European Innovation Scoreboard, que elabora cada año la Universidad de Maastricht para la Comisión Europea; al Global Information Technology Report, que asimismo publican anuanlemte el World Economic Forum y la escuela INSEAD de París. Según sus indicadores, en términos de innovación, Catalunya ha pasado de la segunda posición entre las comunidades españolas a la cuarta, detrás de Madrid, Navarra y Euskadi. A eso precisamente he querido referirme: la incapacidad de reconocer la grandeza empequeñece. Por lo que respecta a la cooperación, las oenegés y al discurso de la Catalunya solidaria que muestra al mundo su buen corazón --nuestro benéfico paso por Sarajevo no ha impedido que aquellos grupos nacionales sigan odiándose entre si-- cada vez que oiga hablar de estas milongas en términos de sociedad civil catalana me voy a carcajear sonoramente pensando en el hombre que demostró que era posible acabar con la lacra del hambre en la India. O en los comunistas que gobiernan el estado indio de Kerala, que también han puesto patas arriba el mito a base de acción y arrojo. Yo también estoy hasta los cojones de todos nosotros. Y lo terrible es que la alternativa política a todo este asunto es aún peor.
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