Un artículo en el blog de Francesc Puigcarbó sobre la muerte súbita de Daniel Jarque me devuelve una reflexión que me ronda a menudo: a fuerza de expulsar la religión del espacio público, ésta vuelve con nuevos ropajes, para satisfacer las ansias de trascendencia, el sentimiento de orfandad y la angustia ante la ausencia de sentido de las gentes que viven en la sociedad postmasiva. Desmond Morris, famoso a mediados de los 60 por su libro El mono desnudo, hizo un magistral análisis del fútbol desde el punto de vista antropológico (The soccer tribe, El deporte de la tribu) pero, enmarañados ya en una sociedad mucho más compleja, es el modelo religioso el que conviene ahora para entender estas cuestiones.
Dice Puigcarbó que "una societat perduda i desllorigada com la nostra tendeix a sobredimensionar les coses quan no sap di d'on ve, on és i a on va, i quan passen casos desgraciats com el d'en Dani Jarque és mostra clarament". Por ese motivo la sociedad genera nuevas religiones como el fútbol, el ecologismo, la ortorexia o el ateísmo massmedia prêt-á-porter de Richard Dawkins, entre otras certezas actuales y convenientes (el certero científico inglés que no comprende el mundo en que vive ha organizado este año, oh maravilla, unos campamentos juveniles "científicos" en los que se enseña a los niños a no creer en... ¡unicornios!). Las nuevas religiones no son, como creen también ingénuamente los obispos, la new age o los sincretismos sino las que responden a los modos culturales propios de la sociedad de la cultura de masas en cuyo seno surgen las ansias de trascendencia (es decir, como ha sucedido siempre a lo largo de la historia: la forma que adopta la religión viene determinada por la historia, la sociedad y la cultura). Ahora, en el seno de la religión del fútbol, surge la respuesta popular a una interpelación profunda: la muerte, el destino, la desaparición injusta de los jóvenes, la orfandad de la familia y de los deudos, la solidaridad ante la adversidad, el honor a la memoria del héroe.
Todo esto es muy serio y por ello reclamo respeto para los aficionados del RCD Español y la familia futbolística ante este suceso. No debemos engañarnos: la puerta 21, convertida en un santuario --con grupos espontáneos reunidos para orar y meditar, velas votivas y camisetas/bufandas como exvotos-- es tan honorable como el santuario de cualquier otra devoción popular mariana, por ejemplo, en el que podemos hallar las mismas cosas. La forma religiosa es improvisada y tosca, pero el sentimiento es auténtico y las almas, sinceras.
La forma religiosa improvisada adopta, significativamente, una forma propia de las antiguas religiones paganas. Es, a primera vista, una "superstición" (supérstite: lo que sobresale de lo que ha sido enterrado) pero ello no debería engañarnos. Es una superstición porque esta sociedad está huérfana de religión auténtica (digo auténtica y no "verdadera" pues la postmodernidad no entiende de "verdades" sinó de "autenticidad"). Lo está porque no hay, como ya indicó hace tiempo Lluís Duch, maestros espirituales. Y porque las iglesias cristianas no saben responder a los nuevos "signos de los tiempos" de la postmodernidad entre los cuales se halla la sincera búsqueda de la "autenticidad" religiosa (ahí está la lamentable prohibición de que las monjas norteamericanas hagan reiki en los hospitales, emitida por los obispos de Estados Unidos).
No son los neoorientalismos los que interpelan al cristianismo (fe de la que participo y que confieso) sino la sed de trascendencia de la gente sencilla que vive en la sociedad de masas que satisface sus anhelos mediante el consumo. En ese cultivo cultural, Dani Jarque es erigido como nuevo héroe ascendido al olimpo, porque los jóvenes que mueren súbitamente en medio del esplendor de su valentía son vistos, tantos siglos después, como héroes olímpicos. El héroe postmoderno no muere por sacrificio altruísta sino víctima del Destino --el Destino regresa, incluso llamado Karma, cuando la noción de Providencia desaparece-- aunque los colores blanquiazules indican una causa por la cual el héroe luchaba. Así, su muerte redime a todos los que participan de esa causa y conlleva su justificación: "el cielo es más blanquiazul" no es una boutade sino un sentimiento muy serio y muy respetable, pues indica un deseo de respeto colectivo.
La figura de Dani Jarque revive así convertido en un Herakles en versión de bolsillo --entiéndase que me refiero a su imagen re-creada y no a su Persona, acogida ya en el seno del Padre-- que es útil para acoger el deseo de trascendencia, exorcizar el miedo a la muerte y animar a ser mejores pareciéndose a él a quienes se sienten tocados por su muerte. No es cosa baladí: es la manera que tiene la buena gente de acceder a la trascendencia de manera inmediata e instantánea. Y ello sucede porque hay alguien que no está haciendo bien su trabajo. Richard Dawkins es un asno, pero los que debieran ofrecer la contemplación de la verdadera religión --y aquí sí que utilizo el adjetivo-- están entretenidos con otras cosas o simplemente yerran el tiro porque no entienden la sociedad en que viven o, simplemente, se dejan asustar por tonterías.
Afortunadamente, Juliana de Norwich tenía razón: "Y todo está bien, y todo estará bien", y Daniel Jarque era un hombre bueno y así será siempre recordado por todos.







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