Me sorprende la sorpresa, y valga la rebuznancia, de quienes se admiran de que el nuevo director general de Radiotelevisión Española tenga 81 años y no tenga idea de hacer televisión. ¿Y cómo están seguros de si su misión es hacerla o más bien deshacerla? Olvidan que Alberto Oliart fue el tipo que tuvo redaños para asumir el Ministerio del Ejército 48 horas después de un intento de golpe de estado en el que se secuestró el Congreso, se sacaron unidades blindadas a la calle y se estuvo a punto de neutralizar al Rey. No es una sinecura lo que se ofrece a Oliart --buen conocedor de Cataluña, donde estudió en su juventud y fue amigo de Joan Reventós, Carlos Barral y otros-- sino una misión imposible, de altas connotaciones cinematográficas.
No hay lugar para la extrañeza porque en esta sesión ya habíamos visto la película que dirigió Carmen Caffarel, titulada "Cariño, he encogido a los niños". Doña Carmen nombró a un comité de sabios para que pensara qué había que hacer con la televisión pública, con un gag de gran guiñol (el gran Kraken): pura tinta de calamar para distraer de la verdadera operación: sacudirse de encima la plantilla a base de ERE y jubilaciones anticipadas a los 52 años y pulirse el patrimonio inmobiliario y catastral. Pilló de sorpresa a los que no habían percibido la humorada de la jugada: el presidente del comité de sabios no tiene televisor en su casa.
La película que va a comenzar ahora no tiene título pero si un viejo argumento: un gobierno va en busca de un viejo agente secreto retirado que sea capaz de emprender una misión con la que nadie se atreve (podría ser La roca, con Sean Connery). Y la misión actual es el verdadero busilis de la cuestión: hacer televisión sin que se note.
Ya tenían un director general joven y que sabía hacer televisión. Consiguió volver a hacer de TVE una cadena competitiva y por eso le cambiaron las reglas a mitad del partido. Luis Fernández dimite porque ha hecho su trabajo muy bien: ha cogido los restos de lo que dejó Caffarel en Austerlitz y los devolvió a Jena. Pero ya se había trasladado a España lo que parece una política de consenso continental entre derecha liberal e izquierda socialdemócrata: capitidisminuir la televisión pública y desproveerla de competitividad, es decir, de relevancia social. La izquierda zapaterista hace aquí lo que la derecha sarkoziana ha hecho allá: suprimir la publicidad de la televisión pública y por tanto satisfacer la demanda de las televisiones privadas en tiempo de crisis publicitaria. Con un agravante para nuestro país: en España no existe tasa por tenencia de televisor --rédévance en Francia, License fee en el Reino Unido-- ni una conciencia ciudadana de defensa de la televisión pública. Nuestros conciudadanos creen que la televisión les sale gratis, no quieren oir hablar de tasa por tenencia de televisor y admiten la superstición de que un medio sin publicidad es un medio de calidad.
Por si quedaban dudas sobre el alcance de la operación, la UTECA, que representa a las televisiones privadas ya ha saludado que espera que el nuevo director general sea "más comprensivo" que el anterior. Tienen motivos para envalentonarse: les han hecho un proyecto de ley audiovisual a su medida, y ya ejercitaron musculatura sacándose de encima con un respingo a Ignasi Guardans, director general de cine, cuando acudió a comentar con ellos las aportaciones de la televisión a la cinematografía.
Lo bueno que tiene Oliart es que además de bombero es poeta. Así, cuando la televisión pública española quede reducida a las cenizas de la irrelevancia social podrá escribir él mismo la elegía por lo que pudo haber sido y no fue.








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